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Historia y resistencia del Pueblo Ancestral Comunero
La resistencia de los indígenas de la PSE ecuatoriana parece manifestarse a lo largo de la historia colonial, republicana y moderna, en una articulación de espacios sociales que incluyen y admiten diferentes identidades de pertenencia. Se puede ser a la vez ecuatoriano, peninsular, comunero, vecino de un barrio o evangélico sin que esta superposición de referentes cree mayores contradicciones en el proceso de negociación con los sectores externos con quienes se relacionan y contrastan.

Mirado desde la construcción social del espacio es posible distinguir cuatro fases. La primera sería la Pre-colonial caracterizada por las singularidades que presenta la sociedad “Goancavillca”. Esta ocupa un territorio que se extiende más allá de los límites físicos de su “área cultural”. Sus fronteras se prolongan mediadas por las relaciones de intercambio a larga distancia con la zona mesoamericana y andina-central.  Esta fase transita hacia su descomposición desde el momento en que la invasión española y ocupación colonial cortan las antiguas redes de intercambio y las sustituyen de acuerdo a sus necesidades mercantiles. La sociedad “Goancavillca”  demuestra, no obstante, una ágil capacidad para recomponer sus conexiones e insertarse en los nuevos circuitos del poder mercantil. Comienza así la segunda fase de las Encomiendas y Reducciones, con la caída abrupta de la población, la concentración en “pueblos de indios” y la delimitación de un dominio político territorial impuesta por el estado colonial. En una tercera fase, la de las “Grandes Comunidades Étnicas”, la población no solo logra recuperarse demográfica y económicamente, sino que recrea un territorio étnico distinto y contrapuesto al español.  Este inmenso espacio geográfico se reproduce de forma políticamente autónoma durante parte de la colonia, la constitución de la república, hasta la formación del actual Estado-nación. Finalmente en la última y cuarta fase de las Comunas el territorio se fracciona como fórmula política para frenar su desintegración y mantener su “autonomía histórica”. Esta fase conduce en las actuales reclamaciones políticas a un reencuentro de identidad con el movimiento indígena nacional. La periodización histórica asociada a cambios de espacio y formulas de identidad se relata en la tradición oral como el “Tiempo de los Antiguos”, el “Tiempo de los Renacientes” y el “Tiempo de los Actuales”. 



Las Grandes Comunidades Indígenas del Siglo XVIII
A diferencia de la contracción que vive la territorialidad indígena en la sierra, en las zonas sur de Manabí y Santa Elena el ámbito de acción crece y se expande hasta la conformación de “Grandes Comunidades Étnicas” que abarcan miles de hectáreas. A través de compras directas, pleitos o reclamos, las Grandes Comunidades componen un espacio social ocupando terrenos calificados como “baldíos”, y fuera del interés momentáneo de los españoles. Combinan el acceso articulado a la cordillera Chongón-Colonche, con planicies de alta capacidad de riego en invierno y provisión de agua en verano, la faja costera marítima, con sus islas y manglares, y sabanas de bosque seco deciduo. 


Parecería que sé reinventa un territorio sobre el que el grupo demanda ejercer control y aprovechar colectivamente recursos. Aunque la incorporación de variados nichos ecológicos fue justificada por el crecimiento de la población y la expansión extensiva del ganado, no debemos descartar que la reocupación atendiera a otras motivaciones. La memoria colectiva sin duda conserva para esta etapa información sobre la ubicación de recursos naturales e infraestructura prehispánica (pozos y albarradas) y también sobre circuitos de intercambio. La reconstrucción territorial parece recuperar antiguas redes interétnicas de aprovisionamiento y comercio que enlazaban la costa marítima con la cordillera Chongón-Colonche y el Daule, pasando por las zonas ribereñas de manglares cercanas a Guayaquil.
Al mismo tiempo que esto sucede la identidad subraya el desplazamiento de las denominaciones coloniales, y se generaliza para mediados del S. XVIII la designación de “costeños” para identificar a la población indígena de la región. Las unidades étnicas serán reconocidas en los documentos de propiedad territorial como “Antiguas Comunidades Indígenas”, nombre al que se añade el de la Reducción de origen. La denominación “indios costeños” será reemplazada en el periodo de Independencia (1920 en adelante) por el de “cholos”. Cada fracción de tierra que se compra, disputando la propiedad a la Corona, es legitimada con un rito de posesión que simbólicamente refuerza los derechos económicos y políticos a su explotación.  En el caso de los sitios de “Angomala” y  de “Sacachun” que adquiere la “Antigua Comunidad de Indígenas de Chanduy” se repite el arrancar hierbas y esparcirlas a los cuatro vientos como acto que confirma su tenencia y disfrute.

El Pueblo Ancestral Comunero
Las Comunas mantienen derechos territoriales exclusivos reconocidos por la Ley de Organización y Régimen de Comunas de 1937. Sus miembros se identifican como cholos comuneros y comuneras. Por primera vez la Constitución de Ecuador, aprobada por referendo popular en septiembre del 2008, en el capítulo de "Derechos de las comunidades, pueblos y nacionalidades", en su artículo 60 reconoce a las Comunas como una forma ancestral de organización territorial. Con iguales derechos que los demás pueblos indígenas, los afro ecuatorianos y los montubios, y con capacidad para constituir circunscripciones especiales para la preservación de su cultura. Esto los dota de una mayor legitimidad jurídica imprescindible para mantener la gobernabilidad y defensa de una territorialidad que continúa amenazada, y con ella un modo de vida singular. Pero esto también coloca al Pueblo Ancestral Comunero frente al reto de nuevas responsabilidades con las generaciones futuras en las decisiones colectivas que tomen sobre sus recursos naturales y culturales, y en las formas que adopte su organización.


Manifestaciones de esta cultura ancestral compartida son entre otras, el patrón de asentamiento en mitades complementarias, las prácticas de trabajo colectivo (mingas o tareas), las normas y rituales (la reciprocidad social, el ceremonial matrimonial), el aprovechamiento estacional complementario de su entorno (zonas bajas y zonas altas en lluvia o sequia), la aplicación de saberes ancestrales (pozos de agua, albarradas, cerámica, orfebrería, tejidos tradicionales, arquitectura), cierta estética corporal (la decoración dentaria, la deformación craneal), una particular religiosidad sincrética (el Mono de Chongón, las Mascamontes voladoras, el Señor de las Aguas, Sanviritute Señor de Sacachun, Cirilos de Juntas, ) su tradición oral en cuentos y leyendas (el Tintín, la Venada blanca, el Maligno, Juan El Oso, la Tapada), toponímicos de una geografía cultural (Gaguelzan, Chanduy, Engullima, Pambil Collao, Muey).

ARTESANIAS
ALVAREZ, Silvia. “Artesanías y tradiciones étnicas en la península de Santa Elena” en: Revista del CIDAP Nº25 pp. 45-119 Abril 1987, Cuenca, Ecuador.
Las artesanas y sus artesanías contribuyen a imprimir identidad étnica al Pueblo Ancestral Comunero.  Las artesanías representan el vínculo con su historia como Antigua Comunidad Indígena desde “tiempos inmemoriales”. Contribuyen a mantener la memoria y a impedir la desarticulación del universo territorial de referencia: unen familias a través de las actuales fronteras Comunales, y estimulan el intercambio regional.  El mercado de intercambio y circulación de artesanías, y el de sus conocimientos asociados, se mantuvo relacionado con los Antiguos Territorios étnicos a lo largo de la costa del Pacifico (por lo menos desde Manabí al Norte de Perú). Este intercambio todavía otorga a los grupos participantes sentido de pertenencia y autoestima frente a los extraños (algodón chiao que viene por ejemplo desde Bajadas de Chanduy y llega a Tugaduaja.


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